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Sanidad Universal
Acababa de llegar a Londres. Era otoño del año 2000. Hacía frío.
Mi compañera de trabajo me había brindado su casa para cuanto la necesitara. Tres semanas en unos lujosos apartamentos del barrio de South Kensington habían supuesto un dulce aterrizaje costeado por mi nueva compañía, pero no el plazo suficiente para ubicarme en una ciudad tan grande y cara. Estaría en casa de Irene hasta Navidad. Después afrontaría mi nueva vida sin mimos, sin más cuidados que los que me permitieran mi salario y las nuevas amistades que fuera encontrando en el camino. Que había sido tocada por una varita mágica era evidente. Por ello debía atreverme a afrontar esa nueva etapa de mi vida sola. Sola como llegué. Sola como me iré, como nos vamos todos.
Dos días más tarde me encontraba en la sala de un hospital. Era noche cerrada. Hacía frío.
Irene se había empeñado en acercarme y yo había aceptado su nuevo favor, con la condición de que, tras dejarme allí, se marchara a dormir. Al día siguiente madrugaba y necesitaba tener el gesto descansado para dirigirse al público. Me alegré de que me hiciera caso.
Aquel lugar se asemejaba más a un centro de salud español. La puerta de la calle no paraba de abrirse y cerrarse, pero casi siempre por el mismo tipo que salía a encenderse un cigarrillo, antes de que se apagara el anterior. Yo le acompañé sólo un par de veces. Por entonces fumaba -y mucho- pero el pie me dolía más que el vicio; y hacía frío.
Las puertas de urgencias, en cambio, parecían cerradas a cal y canto. Nadie era llamado ni dado de alta. De lo que ocurría en el interior, lo único que podíamos ver era a una enfermera rubia, tras un mostrador. Tenía el rostro amable. A ella le habíamos contado lo que nos pasaba. Le habíamos enseñado nuestros pasaportes u otros documentos, si los teníamos. Si no, no importaba.
En un rincón, un panel de eléctricos letreros rojos hacía desfilar una y otra vez los casos prioritarios: los pacientes que mostraran síntomas de padecer un infarto pasarían primero. En segundo o tercer lugar iban los niños.
Observé que al señor que estaba sentado a mi lado le faltaba el aire. Se ahogaba sin protestar. También estaba solo, pero me tranquilizó pensar que no debía de ser un paro cardiaco. Entre tanto, en la fila de delante, una madre intentaba mantener a su hijo quieto. Ya no sabía qué hacer con él y me ofrecí para entretenerlo. El niño no parecía necesitar asistencia médica, quizá fuera ella la enferma y no hubiera encontrado con quién dejar al pequeño.
Paul, que así se llamaba, tenía solo cinco años, por lo que se me ocurrió sacar un bolígrafo y una de esas libretas, que tantas veces me acompañan, y empezar a dibujar. El niño no podía contener la risa. Normal. Cuando le tocó el turno, su destreza en el arte de pintar era muy superior a mis garabatos.
Pasaron las horas sin apenas enterarnos de lo que ocurría a nuestro alrededor, hasta que de pronto me di cuenta de que el señor de cara sonrosada ya no estaba a mi lado. Ni el fumador empedernido. Ni un bebé que había entrado llorando en los brazos de su padre. El pequeño había conseguido hacerme olvidar hasta mi torcedura. A pesar de su corta edad, y de haber sido entrenado para callar, me había contado que también eran nuevos en el país. No hacía mucho que habían llegado de Jamaica. No tenían casa y pasaban la noche donde podían. Se me encogió el alma.
En aquel momento, entendí por qué su madre había confiado tanto en mí. Desde hacía un buen rato que dormía ocupando cuatro de los asientos de la fila de delante, donde los había encontrado al llegar. Debía de estar agotada.
Miré el reloj. Eran más de las cuatro de la mañana. Mi pie estaba cada vez más hinchado y ya no tenía frío, estaba helada. Intenté ponerme seria y le propuse a Paul que durmiera un poco. Era tarde y debía descansar antes de que se despertara el sol, le insistí; pero él sólo quería seguir jugando mientras a mí se me empezaban a secar las ideas. Embotada también ante el temor de que fueran descubiertos por la enfermera.
Sin embargo, mi preocupación carecía de fundamento. La chica del rostro amable, extrañada de ver al niño durante horas, se acercó a preguntar qué le pasaba al pequeño. La madre, medio dormida, explicó que los dos estaban sanos, por eso no se había acercado a hablar con ella. Solo necesitaban un lugar donde pasar la noche. Hacía frío.
La enfermera les dejó quedarse y los tres respiramos aliviados.
Al poco tiempo me llamaron a boxes. La doctora dijo que creía que me había hecho un esguince. No había ningún traumatólogo de guardia ni tampoco le permitían hacerme radiografías por cuestiones económicas. Desde hacía tiempo sufrían por los recortes, me confesó. Su sinceridad me ayudó a controlar la indignación. Después de tantos años quejándome de la Seguridad Social en España, me encontraba en uno de los países más ricos del mundo con el pie como una pelota y una mera receta para comprar paracetamol. La tomé y le di las gracias.
Al salir, Paul se había dormido tumbado en tan sólo dos sillas. Sus manitas afrodescendientes sujetaban con fuerza su nueva libreta y mi antiguo boli. Me dio pena no despedirme de él, pero preferí no despertarle y me marché. Su madre, con un ojo medio abierto, me regaló una sonrisa.
Desde entonces, muchas veces cuando tengo frío o acudo a un hospital recuerdo a Paul y me pregunto qué habrá sido de él y de su madre. Intento imaginar lo que deben de sentir quienes deciden emigrar y no encuentran la suerte que esperaban o que otros tuvimos.
Al día siguiente, en el trabajo, me confirmaron lo que Irene ya me había avanzado. Entre los beneficios de la empresa, contábamos con un seguro privado. Solo necesitaba darme de alta en un médico de familia y listo. Un auténtico privilegio.
Aun así, hoy también recuerdo que fue en Londres donde, hace 12 años, descubrí lo que significaba la Sanidad Universal. Donde existían traductores de hasta 10 idiomas, en algunos hospitales públicos. Y donde este último dato no se justificaba siempre por razones históricas. Los españoles también teníamos derecho a ser atendidos en castellano, sin haber sido España una ex colonia británica.
Desde entonces, muchas veces cuando tengo frío o me vuelve la imagen de Paul a la cabeza, me pregunto por qué a las madres con hijos, que he visto dormir a la intemperie en las noches cálidas de algunas capitales africanas -y que tampoco olvido-, se les niega el derecho a la Sanidad Universal, allá dónde vivan o decidan vivir. Haga más o menos frío.
Del derecho a una vivienda digna, ni hablar quiero ahora.
Manzanas que alimentan: el ejemplo de Mauricio
Releo mis escritos del pasado y no sé si alegrarme o entristecerme por no tener entre mis manos textos que no se pudieron recuperar de un par de discos duros, que un día dijeron basta, o de algunos viejos cuadernos, cuyo color aún recuerdo pero nadie sabe a dónde fueron a parar durante mi peregrinaje. Entre los relatos, poemas, artículos de opinión, que todavía conservo en una carpeta roja, hay de todo: de los que me atrevería a compartir, de los que había hecho bien en olvidar y de los que le sorprenden a una por sentirlos tan ajenos que llega a dudar de su autoría (los considere mejores o peores). Pero, definitivamente, lo que más me alegra de los que puedo volver a leer es descubrir la evolución de mis pensamientos. La huella que va dejando en mí lo vivido, lo leído, lo escuchado…
Hará hoy unos 15 años, un profesor de Redacción de Periodismo me pidió una opinión escrita sobre el libro: El Mundo Digital de Nicholas Negroponte, quien defendía la tecnología digital como una posible fuerza natural para propiciar un mundo más armónico.[1] Negroponte sostenía que los niños “digitales” estaban libres de limitaciones tales como la situación geográfica como condición para la amistad, la colaboración, el juego o la comunidad y yo, indignada, le replicaba que, aunque a los niños de Senegal les regalasen 10 o 100 apples seguirían “sin tener manzanas que comer”.
Mi, por entonces, imagen de África Subsahariana repleta de niños y niñas hambrientos, mi mentalidad asistencialista y mi falta de información sobre los porqués de las desigualdades en el mundo -junto con otras ideas, que también hoy corregiría- me valieron una de las contadas matrículas de honor de mi vida. Concretamente, en aquella ocasión, me crecí ante un Negroponte, que ya percibía la necesidad de superar la nueva brecha tecnológica, cegada por el miedo a la globalización y despreocupada por ahondar en los motivos de un subcontinente rico en recursos, que estaba “perdiendo una década” a golpe de planes de ajuste estructural (PAE) externos. Por eso, cuando releo aquella bravuconada, me sonrojo con la esperanza de haber aprendido algo, en todo este tiempo…
Por mucho que me duela que el hambre en la región sea uno de los pocos temas sobre África Subsahariana que ocupe nuestras portadas, su necesaria denuncia no puede ser objeto de discusión. Ahora bien, y por ello mismo, el perjuicio de negar u ocultar el importante desequilibrio económico que reflejan determinados índices tecnológicos tampoco debería serlo.
De las estadísticas sobre la utilización de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en las empresas, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), lo primero que llama la atención es que de los 71 países de los que se ofrecen datos registrados en 2008, solo tres pertenecen al subcontinente africano: Lesotho, Mauricio y Senegal. Cuando el número de países que compone África Subsahariana es prácticamente un cuarto del total de países del mundo.
Además, si comparamos el porcentaje de empresas que usan ordenadores o utilizan Internet en Mauricio y Senegal, la diferencia no es muy elevada con respecto a Francia, por poner de ejemplo uno de los países más industrializados del mundo. Sin embargo, si nos fijamos en Lesotho o en la presencia de las compañías de unos y otros países en la web, las cosas cambian. Los porcentajes de Mauricio y Senegal se reducen notablemente frente al del país galo. (Pinchar gráfico)
Pero, ¿por qué Mauricio y Senegal mantienen algunos indicadores TIC en niveles cercanos a los de Francia?
Una de las explicaciones la podríamos encontrar en el Índice AT Kearney, que analiza y clasifica los 50 mejores destinos para la externalización de actividades. Según la consultora, en 2009, cuatro países de África Subsahariana destacaban a nivel mundial: Ghana, en la posición 15, Mauricio y Senegal (25 y 26, respectivamente) y Suráfrica (39).
En el caso de Mauricio, AT Kearney resalta que, a pesar de ser el país con menor mano de obra, la elevada formación de los trabajadores y un clima de negocios favorable le proporcionan un lugar privilegiado en el índice. No en vano, el gobierno de Mauricio ha promovido el desarrollo del parque tecnológico CyberTower que, entre otras firmas, acoge a la empresa de recursos humanos Ceridian; generadora de cientos de empleos.
Y, ¿qué lugar ocupa Mauricio en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)? En 2011, el país del sureste africano se encontraba el número 77 de 187 países; en el grupo de desarrollo humano alto.[2]
Mauricio, como todos los países africanos, tiene sus particularidades (territorio insular, población de en torno a un millón de personas, frente a los 160 millones de Nigeria), pero en lo que coinciden economistas de unas y otras corrientes -pro y anti PAE, por ejemplo- es que, dentro de la región, Mauricio es un ejemplo de éxito en materia de desarrollo económico.
Como señala el profesor de la School of Oriental and African Studies de Londres, Carlos Oya, el “milagro” mauriciano se burló de la predicción del Premio Nobel de Economía, James Meade, quien “llegó a afirmar que Mauricio apenas tenía esperanzas de desarrollo en el futuro, dadas las condiciones iniciales a finales de los 50: dependencia de un producto agrícola (azúcar); vulnerabilidad ante shocks en términos de intercambio; aislamiento geográfico; presión demográfica; tensiones interétnicas entre Indios y Criollos”.[3]
Por ello, ver publicada en una de las redes sociales la foto que cuelgo junto a esta entrada, recordar la ineficiencia que me ha generado trabajar con recursos tecnológicos muy limitados, en otros países de África Subsahariana, o la licencia literaria que me permití el otro día en este blog, sobre la innecesaria venta online “en mi barrio de Kalabankoura”, me han llevado a compartir esta reflexión. Cargada de afro-optimismo ante la esperanza de que las TIC aterricen con mayor fuerza en la región, para disminuir la brecha tecnológica que, por lo general, nos separa y contribuir a que la “mundialización” sea, por fin, más “redistributiva”.[4]
[1] NEGROPONTE, Nicholas (1996): El mundo digital, Ediciones B, Barcelona.
[2] Como todos los años desde 1990 Informe sobre Desarrollo Humano ha publicado el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que fue presentado como una alternativa a las mediciones convencionales del desarrollo nacional, como el nivel de ingresos y la tasa de crecimiento económico. El IDH representa el impulso de una definición más amplia del bienestar y ofrece una medida compuesta de tres dimensiones básicas del desarrollo humano: salud, educación e ingresos. El IDH de Mauricio es 0.728, lo que coloca al país en la posición 77 de los 187 países para los que se disponen datos comparables. El IDH de África Subsahariana (OR) como región ha pasado del 0.365 de 1980 al 0.463 de la actualidad, por lo que Mauricio se sitúa por encima de la media regional.
[3] OYA, Carlos, y SANTAMARÍA, Antonio (eds.) (2007): Economía Política del Desarrollo en África, Madrid, Akal.
[4] Sobre la expansión de las redes móviles en África Subsahariana o sobre el impacto de las redes sociales intentaré escribir en otra ocasión. Sobre las muertes que genera el coltán y el consumo de productos tecnológicos, especialmente. Sobre la utilización del logo apple y no de otros símbolos o marcas de la competencia: afirmar que en su día no fue más que un recurso, y que también lo es ahora. De hecho, desconozco el sistema operativo más utilizado en Mauricio.
“Los informales”
Hace un rato estaba imaginando qué andaría haciendo ahora si me quedara un día para volver de Malí, como estaba previsto y como me recuerda desde hace un par de semanas la compañía aérea con la que aún mantengo “mi billete de regreso”. Se preocupan por mí porque han cambiado la hora de salida (¡cómo no!), porque por un “pequeño” extra podría viajar más cómoda y, sobre todo, porque las máquinas que envían ese tipo de correos no saben que mi asiento se quedará vacío mañana.
Quizá por ello, por los tantas veces distantes avances tecnológicos, he pensando que hoy me habría gustado sentarme en el porche de mi casa de Bamako, tal y como lo recuerdo. Frente a la puerta del patio. Vigilante de una entrada siempre abierta; dadora de continuas sorpresas.
Si los niños ya habían vuelto del colegio, entraban y salían dejando ecos de carcajadas, manos unidas, tierra en el suelo o miradas escondidas con las que atraer mi atención.
Si se acercaba la puesta de sol, la “princesa de la casa” iluminaba con su amplia sonrisa el anochecer. “Las clases, muy bien, gracias” -repetía siempre con una nueva sonrisa tímida. Después pasaba a su cuarto, se cambiaba y se prestaba a cualquier ayuda que necesitara su madre, sus hermanos, las trabajadoras del hogar o yo misma.
Ya por la noche, venían las vecinas a tomar el té. Reían en su lengua. Seguían el telediario con atención. Cantaban para que yo bailara. Hablaban de sus cosas.
La riada de personas que entraban y salían era inmensa. A los nombrados habría que sumar el ir y venir del primo, de los amigos del primo, del otro primo, del padre, de los amigos del padre, de las compañeras de la asociación de mujeres a la que pertenecía la madre, de los albañiles (tan intrigados conmigo como yo con sus quehaceres…).
Sin embargo, lo que más me entretenía era la aparición de “los informales”. Los vendedores ambulantes, que llegaban sin ser llamados, y el variopinto colectivo de “serviciales a domicilio”, que acudían prestos cuando se corría la voz de su necesaria presencia en algún hogar cercano o lejano. Las páginas web de compra por internet sobraban en mi casa de Kalabankoura.
Sentadas en cómodas sillas de fideos desfilaban ante nosotras (la madre era la gobernanta) vendedoras -y vendedores- de lechugas, papaya, utensilios de cocina, jabones, telas… Cualquier cosa que pudiera almacenarse en un barreño cubierto por una tela anudada y pudiera transportarse en una cabeza entrenada. Es decir, casi todo lo que se encontraba en el mercado. Sin exagerar.
Si mi mente me acompaña, nunca olvidaré el día en que llegó el pescadero. Yo acababa de irrumpir en el patio para preguntar una duda y allí estaba él, rodeado de hermosos ejemplares plateados, desmontando con aire triste un peso plegable de plástico. “Demasiado caros” -me comentaron mientras el chico se marchaba sin éxito.
¡Son tantos los recuerdos de tan corto tiempo y se me aparecen ahora tan cercanos! Mis bonitas sandalias de cuero por un euro, el tuareg de Burkina Faso -vendedor de remedios curativos- que aparcó su dromedario en la puerta y casi me mata del susto cuando, al salir a la calle, creí que los dinosaurios no se habían extinguido… O el muchacho de media sonrisa que nos remendaba la ropa en la máquina de coser acoplada a su bicicleta.
A estos profesionales de la llamada “economía informal”, cuyo apelativo tanto enerva cuando los ves trabajar de sol a sol, llenos de ingenio para satisfacer las necesidades de sus familias y de quienes les compran, los había conocido en los semáforos de Bamako, en las carreteras de Mozambique, caminando por los pueblos de Ghana o en las playas de Valencia… Pero, hasta este año, desconocía que también entraban en las casas de sus vecinos para ofrecer sus productos y servicios.
Si ahora todavía estuviera en Malí, me encantaría sentarme en el porche, frente al muro quebrado por la hospitalidad, y contagiarme del espíritu de “supervivencia” de los “informales”. O, como diría quien fuera un día mi profesor, y hoy aún mi maestro, Mbuyi Kabunda, de los trabajadores de la “economía solidaria”. La que para mal -y esperemos que un poquito para bien- se nos ha venido y viene encima.
Deportado cuando iba a realizar su trabajo
Tomo uno de los últimos ejemplares de Les Echos para corroborar un dato y reparo en el lema que aparece en la portada: « Je ne suis pas d’accord avec ce que vous dites, mais je me battrai jusqu’au bout pour que vous puissiez le dire. » (Yo no estoy de acuerdo con lo que dice pero pelearé hasta el final para que lo pueda decir.) La frase es de Voltaire, pensador francés de la Ilustración, de la razón.
Ayer, sábado 17 de marzo, el diario cumplía 23 años de vida. Es decir, en 1989 los miembros de la cooperativa Jamana, que entre otras editan esta publicación, lanzaban su primer número con la cita de un europeo que todavía gobierna su cabecera.
Pero ayer no fue para mí un día de celebraciones. Ayer uno de mis compañeros me contó cómo había tenido que regresar a Malí, sin poder realizar el trabajo que había ido a desarrollar a Francia. La policía del aeropuerto de Orly, en París, había decidido deportarle.
Sidiki Doumbia, invitado por una ONG francesa, había viajado el martes pasado desde Bamako hasta el país galo con la intención de cubrir los últimos días del Foro Mundial del Agua (WWC, en sus siglas en inglés), que se ha celebrado esta semana en Marsella. Desde aquí, incluso habíamos concertado una entrevista con el presidente del WWC, Loïc Fauchon, gracias a que casualmente él había colaborado conmigo en una ocasión. Por su parte, el consulado francés había expedido el visado de trabajo de Sidiki, sin problemas. Todo estaba en regla. Todo previsto.
En el área de llegadas de Orly, le esperaba impaciente su tío. Desde que él y su mujer se habían instalado en Francia, hará unos 15 años, todavía no habían recibido la visita de ningún familiar. La maleta de Sidiki iba cargada de regalos que su madre había preparado para su tía. De haber ido todo como debía, la misma maleta -o tal vez otra- habría vuelto repleta de regalos que la tía seguramente habría preparado para la madre, para todos.
Pero Sidiki no llegó a pasar la frontera. No pudo ejercer su trabajo. No pudo abrazar a sus tíos. “Los papeles están correctos”, afirmaron los policías, “pero con el dinero que llevas encima no puedes sobrevivir tanto tiempo”. “La ONG se va a encargar de todo y afuera me espera mi tío, con quien tengo previsto pasar los últimos días”, les explicó Sidiki. “No necesito más que lo que traigo”, precisó. “No obstante, si es una cuestión de dinero, dejen que pase mi tío y él traerá la cantidad que estimen conveniente”.
Se negaron. El tío tampoco podía cruzar la frontera a la inversa. Se negaron. Las gestiones diplomáticas que, entre tanto, se estaban realizando en Bamako, tampoco eran suficientes. Los policías de Orly barajaban solamente dos opciones: que el presidente de la República de Malí, Amadou Toumani Touré (ATT), se ocupara directamente del asunto o que se comprara otro billete de avión, se marchara a Malí a por el dinero y regresara después a París. Así podría entrar tranquilamente.
Sidiki no entendía nada. Llegó a pensar que eran los franceses quienes no entendían nada. “¡Cómo si el jefe de Estado de mi país no tuviera otros problemas más importantes que resolver que este!”, les contestó desde el estado de impotencia en el que se encuentran las personas que viven una situación tan surreal, que solo pueden llegar a asimilar cuando la pesadilla ha terminado.
“Ni aunque me pagaran por quedarme, querría vivir aquí”, me contó que les había intentado explicar. “¡Qué se queden con su país!”, exclamó con una medio sonrisa mientras miraba al infinito al terminar de narrarme lo ocurrido. “En fin, lo tomaré como parte del aprendizaje de la vida”, concluyó. “Me ha dolido, pero no deja de ser una enseñanza más…”.
Yo le miré perpleja. Era la primera vez que Sidiki viajaba a Europa. Había dormido muy poco estos días para poder prepararse bien. Le apasionan los temas relacionados con la agricultura. Además, sus tíos no tienen hijos y se habían emocionado al pensar que disfrutarían, aunque tan solo fuera durante dos días, de su pequeño… 1 Sin embargo, pese a que habían matado su ilusión y la de sus tíos, Sidiki todavía tenía fuerzas para quedarse con el valor de la experiencia…
Nunca hasta hoy me había fijado en el lema de Les Echos. Tan global. Tan para todos los que creemos en la libertad de expresión. En los derechos humanos.
Muchas veces, antes de hoy, me he preguntado si alguna vez ha reinado la luz en Occidente. Muchas veces, antes de hoy, me he planteado si el punto en el que nos encontramos actualmente debería de pasar a la historia como el de la sinrazón. Si ya sufrimos sus consecuencias… Si seremos capaces de aprender de la experiencia…
1: Así es en Malí la familia. Tu primo mayor no es tu primo, es tu hermano mayor. Igual que tu prima mayor no es tu prima sino tu hermana mayor. Lo mismo sucede con los pequeños. Hoy, por primera vez en mi vida, me he parado a pensar en la importancia que siempre se ha dado en mi casa al concepto de primo hermano… Y en cómo tanto significante como significado se desvanecen en España…
2: A principios de 2009, vivían en Francia unos 120.000 malienses. En ese momento, y por cuarta vez, el presidente de Malí, Amadou Toumani Touré (ATT), se negó a firmar un acuerdo bilateral con el gobierno de Nicolás Sarkozy que, principalmente, determinaba que Francia concedería anualmente 1.500 permisos de residencia y de trabajo a ciudadanos malienses, a cambio de poder expulsar del país a unos 30.000 malienses sin papeles, a lo largo de ese año.
La nueva política defendida por el ministro de Inmigración francés, Brice Hortefeux, como “la gestión concertada de flujos migratorios y de desarrollo solidario”, no se había dirigido únicamente a este país de África. Para entonces otros países como Senegal, Gabón, Benín, Congo, Túnez, Islas Mauricio o Cabo Verde ya habían cerrado sus respectivos acuerdos.
La presión de la diáspora maliense en Francia y el volumen de remesas que envían los malienses a su país se consideraron dos de los motivos principales de la no cesión de Malí ante la insistencia francesa.
Según datos consultados, las remesas de los malienses que viven en el exterior superaron el 25% de los ingresos presupuestarios en 2009.



