Archivo de la categoría: Vivencias

Sanidad Universal

Acababa de llegar a Londres. Era otoño del año 2000. Hacía frío.

Mi compañera de trabajo me había brindado su casa para cuanto la necesitara. Tres semanas en unos lujosos apartamentos del barrio de South Kensington habían supuesto un dulce aterrizaje costeado por mi nueva compañía, pero no el plazo suficiente para ubicarme en una ciudad tan grande y cara. Estaría en casa de Irene hasta Navidad. Después afrontaría mi nueva vida sin mimos, sin más cuidados que los que me permitieran mi salario y las nuevas amistades que fuera encontrando en el camino. Que había sido tocada por una varita mágica era evidente. Por ello debía atreverme a afrontar esa nueva etapa de mi vida sola. Sola como llegué. Sola como me iré, como nos vamos todos.

Dos días más tarde me encontraba en la sala de un hospital. Era noche cerrada. Hacía frío.

Irene se había empeñado en acercarme y yo había aceptado su nuevo favor, con la condición de que, tras dejarme allí, se marchara a dormir. Al día siguiente madrugaba y necesitaba tener el gesto descansado para dirigirse al público. Me alegré de que me hiciera caso.

Aquel lugar se asemejaba más a un centro de salud español. La puerta de la calle no paraba de abrirse y cerrarse, pero casi siempre por el mismo tipo que salía a encenderse un cigarrillo, antes de que se apagara el anterior. Yo le acompañé sólo un par de veces. Por entonces fumaba -y mucho- pero el pie me dolía más que el vicio; y hacía frío.

Las puertas de urgencias, en cambio, parecían cerradas a cal y canto. Nadie era llamado ni dado de alta. De lo que ocurría en el interior, lo único que podíamos ver era a una enfermera rubia, tras un mostrador. Tenía el rostro amable. A ella le habíamos contado lo que nos pasaba. Le habíamos enseñado nuestros pasaportes u otros documentos, si los teníamos. Si no, no importaba.

En un rincón, un panel de eléctricos letreros rojos hacía desfilar una y otra vez los casos prioritarios: los pacientes que mostraran síntomas de padecer un infarto pasarían primero. En segundo o tercer lugar iban los niños.

Observé que al señor que estaba sentado a mi lado le faltaba el aire. Se ahogaba sin protestar. También estaba solo, pero me tranquilizó pensar que no debía de ser un paro cardiaco. Entre tanto, en la fila de delante, una madre intentaba mantener a su hijo quieto. Ya no sabía qué hacer con él y me ofrecí para entretenerlo. El niño no parecía necesitar asistencia médica, quizá fuera ella la enferma y no hubiera encontrado con quién dejar al pequeño.

Paul, que así se llamaba, tenía solo cinco años, por lo que se me ocurrió sacar un bolígrafo y una de esas libretas, que tantas veces me acompañan, y empezar a dibujar. El niño no podía contener la risa. Normal. Cuando le tocó el turno, su destreza en el arte de pintar era muy superior a mis garabatos.

Pasaron las horas sin apenas enterarnos de lo que ocurría a nuestro alrededor, hasta que de pronto me di cuenta de que el señor de cara sonrosada ya no estaba a mi lado. Ni el fumador empedernido. Ni un bebé que había entrado llorando en los brazos de su padre. El pequeño había conseguido hacerme olvidar hasta mi torcedura. A pesar de su corta edad, y de haber sido entrenado para callar, me había contado que también eran nuevos en el país. No hacía mucho que habían llegado de Jamaica. No tenían casa y pasaban la noche donde podían. Se me encogió el alma.

En aquel momento, entendí por qué su madre había confiado tanto en mí. Desde hacía un buen rato que dormía ocupando cuatro de los asientos de la fila de delante, donde los había encontrado al llegar. Debía de estar agotada.

Miré el reloj. Eran más de las cuatro de la mañana. Mi pie estaba cada vez más hinchado y ya no tenía frío, estaba helada. Intenté ponerme seria y le propuse a Paul que durmiera un poco. Era tarde y debía descansar antes de que se despertara el sol, le insistí; pero él sólo quería seguir jugando mientras a mí se me empezaban a secar las ideas. Embotada también ante el temor de que fueran descubiertos por la enfermera.

Sin embargo, mi preocupación carecía de fundamento. La chica del rostro amable, extrañada de ver al niño durante horas, se acercó a preguntar qué le pasaba al pequeño. La madre, medio dormida, explicó que los dos estaban sanos, por eso no se había acercado a hablar con ella. Solo necesitaban un lugar donde pasar la noche. Hacía frío.

La enfermera les dejó quedarse y los tres respiramos aliviados.

Al poco tiempo me llamaron a boxes. La doctora dijo que creía que me había hecho un esguince. No había ningún traumatólogo de guardia ni tampoco le permitían hacerme radiografías por cuestiones económicas. Desde hacía tiempo sufrían por los recortes, me confesó. Su sinceridad me ayudó a controlar la indignación. Después de tantos años quejándome de la Seguridad Social en España, me encontraba en uno de los países más ricos del mundo con el pie como una pelota y una mera receta para comprar paracetamol. La tomé y le di las gracias.

Al salir, Paul se había dormido tumbado en tan sólo dos sillas. Sus manitas afrodescendientes sujetaban con fuerza su nueva libreta y mi antiguo boli. Me dio pena no despedirme de él, pero preferí no despertarle y me marché. Su madre, con un ojo medio abierto, me regaló una sonrisa.

Desde entonces, muchas veces cuando tengo frío o acudo a un hospital recuerdo a Paul y me pregunto qué habrá sido de él y de su madre. Intento imaginar lo que deben de sentir quienes deciden emigrar y no encuentran la suerte que esperaban o que otros tuvimos.

Al día siguiente, en el trabajo, me confirmaron lo que Irene ya me había avanzado. Entre los beneficios de la empresa, contábamos con un seguro privado. Solo necesitaba darme de alta en un médico de familia y listo. Un auténtico privilegio.

Aun así, hoy también recuerdo que fue en Londres donde, hace 12 años, descubrí lo que significaba la Sanidad Universal. Donde existían traductores de hasta 10 idiomas, en algunos hospitales públicos. Y donde este último dato no se justificaba siempre por razones históricas. Los españoles también teníamos derecho a ser atendidos en castellano, sin haber sido España una ex colonia británica.

Desde entonces, muchas veces cuando tengo frío o me vuelve la imagen de Paul a la cabeza, me pregunto por qué a las madres con hijos, que he visto dormir a la intemperie en las noches cálidas de algunas capitales africanas -y que tampoco olvido-, se les niega el derecho a la Sanidad Universal, allá dónde vivan o decidan vivir. Haga más o menos frío.

Del derecho a una vivienda digna, ni hablar quiero ahora.

Homenaje a las malienses

Vídeo grabado en Bamako, capital de Malí, el 17 de marzo de 2012 (días antes del golpe de Estado perpetrado entre el 21 y el 22 de marzo). El estribillo reza (en francés y en bambara): “La gente te mete prisa, Alá no te mete prisa.” Las mujeres y niñas malienses se suelen reunir para tocar, cantar y bailar.



Resumen del sentir de un pueblo

Anoche, antes de que lo publicaran las agencias, me llegaba el mail de un familiar maliense -ha sido breve, pero ya son mi familia- en el que me anunciaba que el depuesto presidente de Malí, Amadou Toumani Touré (ATT), acababa de firmar su dimisión. Las condiciones impuestas por la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) se cumplen por días. Las mismas que se negociaban cuando el domingo 2 de abril se decidió no imponer el embargo, y las mismas que se exigieron tras implantar unilateralmente el embargo -al día siguiente- sorprendiendo a todos los que estábamos allí.

Con independencia de lo que haya ocurrido en estas últimas semanas en Malí, lo que está claro -y lo que no me acaba de dejar tranquila tras el levantamiento del embargo- es que lo que demande la mayor parte de los malienses no cuenta. Sus vidas están en manos extranjeras y lo que piensen para ellos puede variar en días, horas, minutos, segundos. Como así ha sido hasta ahora.

Soy de las que no entiende de fronteras, pero como existen, por favor, parémonos a pensar cómo nos sentiríamos -nacionales de cualquier otro país del mundo- si nuestro futuro no estuviera en nuestras manos, en una situación tan crítica.

Aunque la CEDEAO levantó el embargo total el sábado 7 de abril, acabo de rescatar un artículo de opinión del diario Les Echos, publicado el día 5, que considero merece la pena leer. Resume a la perfección, según mis vivencias, lo que sintió la mayoría de los habitantes de Bamako -entre los que se incluyen progolpistas y también antigolpistas- durante la amenaza de embargo y, sobre todo, después de la imposición del mismo. Incluso me atrevería a decir que, en parte, también sirve para acercarse a lo que siguen sintiendo hoy… (Y en el texto ni siquiera se entra a hablar de la cuestión del Norte.)

De nuevo está en francés, y prometí dirigirme a los hispanohablantes, pero en esta ocasión no cabe traducción posible. Al menos, de alguien no profesional.


http://www.lesechos.ml/embargo-total-et-immediat-a-l%e2%80%99assaut-d%e2%80%99un-coup-d%e2%80%99etat-militaire-qui-paye-l%e2%80%99addition.html

Precipitado regreso de Malí

Como algunos de los que me seguís ya sabéis, el miércoles día 4 de abril regresé a Valencia desde Bamako. Tomar la decisión no fue fácil y aún me pasa factura, pero tras agravarse la incertidumbre por la implantación del embargo a Malí y al encontrarme con unas condiciones laborales cada vez más difíciles -continuos cortes de luz y trabajo sin amparo, por mi condición de freelance- finalmente hice caso a las recomendaciones de amigos y familiares -malienses incluidos- y abandoné el país “antes de que fuera tarde”. La misma persona -maliense- que hizo posible que mi estancia allí haya sido de inmersión total, al permitirme vivir y trabajar con ellos, consideró que si salía a tiempo podría contar lo vivido e incluso regresar. Pero que si me quedaba, y me pasaba algo, ya no lo podría hacer.

Espero recordar siempre sus palabras para poder seguir siendo quién soy y lo que soy, desde donde quiera que esté. Para que el cansancio no llegue nunca a ser más poderoso que mi apuesta por la sensibilización en pro del entendimiento.

La intención de crear este blog y de mi viaje no era contar más conflictos africanos. Mi deseo, cuando tomé la decisión de pasar seis meses en Bamako, no era el de convertirme en freelance para prensa escrita, radio y televisión a causa de una rebelión, un golpe de Estado y un embargo. No obstante, una vez más la vida decidió por mí y, en la medida de mis posibilidades y margen de acción, solo espero haber sido mínimamente útil.

Ahora este blog da un giro. Seguirá sirviendo para contar aquellas historias de África Subsahariana que, a mi juicio, merecen un hueco en la información, a pesar de que los medios no les presten interés y, al mismo tiempo, me permitirá seguir informando de lo que ocurre en Malí, se considere o no noticia.

Gracias a todos por vuestro apoyo. Un fuerte abrazo, Fátima.

Deportado cuando iba a realizar su trabajo

Tomo uno de los últimos ejemplares de Les Echos para corroborar un dato y reparo en el lema que aparece en la portada: « Je ne suis pas d’accord avec ce que vous dites, mais je me battrai jusqu’au bout pour que vous puissiez le dire. » (Yo no estoy de acuerdo con lo que dice pero pelearé hasta el final para que lo pueda decir.) La frase es de Voltaire, pensador francés de la Ilustración, de la razón.

Ayer, sábado 17 de marzo, el diario cumplía 23 años de vida. Es decir, en 1989 los miembros de la cooperativa Jamana, que entre otras editan esta publicación, lanzaban su primer número con la cita de un europeo que todavía gobierna su cabecera.

Pero ayer no fue para mí un día de celebraciones. Ayer uno de mis compañeros me contó cómo había tenido que regresar a Malí, sin poder realizar el trabajo que había ido a desarrollar a Francia. La policía del aeropuerto de Orly, en París, había decidido deportarle.

Sidiki Doumbia, invitado por una ONG francesa, había viajado el martes pasado desde Bamako hasta el país galo con la intención de cubrir los últimos días del Foro Mundial del Agua (WWC, en sus siglas en inglés), que se ha celebrado esta semana en Marsella. Desde aquí, incluso habíamos concertado una entrevista con el presidente del WWC, Loïc Fauchon, gracias a que casualmente él había colaborado conmigo en una ocasión. Por su parte, el consulado francés había expedido el visado de trabajo de Sidiki, sin problemas. Todo estaba en regla. Todo previsto.

En el área de llegadas de Orly, le esperaba impaciente su tío. Desde que él y su mujer se habían instalado en Francia, hará unos 15 años, todavía no habían recibido la visita de ningún familiar. La maleta de Sidiki iba cargada de regalos que su madre había preparado para su tía. De haber ido todo como debía, la misma maleta -o tal vez otra- habría vuelto repleta de regalos que la tía seguramente habría preparado para la madre, para todos.

Pero Sidiki no llegó a pasar la frontera. No pudo ejercer su trabajo. No pudo abrazar a sus tíos. “Los papeles están correctos”, afirmaron los policías, “pero con el dinero que llevas encima no puedes sobrevivir tanto tiempo”. “La ONG se va a encargar de todo y afuera me espera mi tío, con quien tengo previsto pasar los últimos días”, les explicó Sidiki. “No necesito más que lo que traigo”, precisó. “No obstante, si es una cuestión de dinero, dejen que pase mi tío y él traerá la cantidad que estimen conveniente”.

Se negaron. El tío tampoco podía cruzar la frontera a la inversa. Se negaron. Las gestiones diplomáticas que, entre tanto, se estaban realizando en Bamako, tampoco eran suficientes. Los policías de Orly barajaban solamente dos opciones: que el presidente de la República de Malí, Amadou Toumani Touré (ATT), se ocupara directamente del asunto o que se comprara otro billete de avión, se marchara a Malí a por el dinero y regresara después a París. Así podría entrar tranquilamente.

Sidiki no entendía nada. Llegó a pensar que eran los franceses quienes no entendían nada. “¡Cómo si el jefe de Estado de mi país no tuviera otros problemas más importantes que resolver que este!”, les contestó desde el estado de impotencia en el que se encuentran las personas que viven una situación tan surreal, que solo pueden llegar a asimilar cuando la pesadilla ha terminado.

“Ni aunque me pagaran por quedarme, querría vivir aquí”, me contó que les había intentado explicar. “¡Qué se queden con su país!”, exclamó con una medio sonrisa mientras miraba al infinito al terminar de narrarme lo ocurrido. “En fin, lo tomaré como parte del aprendizaje de la vida”, concluyó. “Me ha dolido, pero no deja de ser una enseñanza más…”.

Yo le miré perpleja. Era la primera vez que Sidiki viajaba a Europa. Había dormido muy poco estos días para poder prepararse bien. Le apasionan los temas relacionados con la agricultura. Además, sus tíos no tienen hijos y se habían emocionado al pensar que disfrutarían, aunque tan solo fuera durante dos días, de su pequeño… 1 Sin embargo, pese a que habían matado su ilusión y la de sus tíos, Sidiki todavía tenía fuerzas para quedarse con el valor de la experiencia…

Nunca hasta hoy me había fijado en el lema de Les Echos. Tan global. Tan para todos los que creemos en la libertad de expresión. En los derechos humanos.

Muchas veces, antes de hoy, me he preguntado si alguna vez ha reinado la luz en Occidente. Muchas veces, antes de hoy, me he planteado si el punto en el que nos encontramos actualmente debería de pasar a la historia como el de la sinrazón. Si ya sufrimos sus consecuencias… Si seremos capaces de aprender de la experiencia…

1: Así es en Malí la familia. Tu primo mayor no es tu primo, es tu hermano mayor. Igual que tu prima mayor no es tu prima sino tu hermana mayor. Lo mismo sucede con los pequeños. Hoy, por primera vez en mi vida, me he parado a pensar en la importancia que siempre se ha dado en mi casa al concepto de primo hermano… Y en cómo tanto significante como significado se desvanecen en España…

2: A principios de 2009, vivían en Francia unos 120.000 malienses. En ese momento, y por cuarta vez, el presidente de Malí, Amadou Toumani Touré (ATT), se negó a firmar un acuerdo bilateral con el gobierno de Nicolás Sarkozy que, principalmente, determinaba que Francia concedería anualmente 1.500 permisos de residencia y de trabajo a ciudadanos malienses, a cambio de poder expulsar del país a unos 30.000 malienses sin papeles, a lo largo de ese año.

La nueva política defendida por el ministro de Inmigración francés, Brice Hortefeux, como “la gestión concertada de flujos migratorios y de desarrollo solidario”, no se había dirigido únicamente a este país de África. Para entonces otros países como Senegal, Gabón, Benín, Congo, Túnez, Islas Mauricio o Cabo Verde ya habían cerrado sus respectivos acuerdos.

La presión de la diáspora maliense en Francia y el volumen de remesas que envían los malienses a su país se consideraron dos de los motivos principales de la no cesión de Malí ante la insistencia francesa.

Según datos consultados, las remesas de los malienses que viven en el exterior superaron el 25% de los ingresos presupuestarios en 2009.

Si el tiempo fuera oro, pagar me costaría carísimo

Estoy intentando recordar los casos en los que, en España, debemos llevar dinero suelto para pagar una compra o servicio y apenas me viene uno a la cabeza: el autobús, ya que el conductor no puede dejar a los pasajeros esperando mientras se baja a cambiar, ni interrumpir la frecuencia de la línea por este motivo. Hasta en los taxis y en los kioscos tienen “la obligación” de contar con billetes y monedas suficientes para satisfacer al cliente. Otra cosa es que, para evitarnos una situación desagradable, al entrar a un taxi preguntemos si tienen cambio o que, por facilitar las cosas, no vayamos a comprar el periódico con un billete de 50 euros.

Y, ¿por qué España ha cambiado tanto desde que yo era pequeña? Porque ahora este tipo de efectivo fluye. La masa monetaria se ha incrementado notablemente. Nuevos sistemas de pago, como las tarjetas de crédito, nos permiten adquirir un simple billete de metro… Cualquier instrumento que facilite nuestras operaciones y nos ahorre tiempo se convierte a su vez en más dinero. Nuestro tiempo se ha convertido en oro…

En Malí, en cambio, el tiempo no pesa los mismos quilates. En Bamako, en los puestos callejeros, en los mercados de barrio, en los supermercados de aspecto occidental, en los taxis e incluso en los mini-buses tienes que esperar un minuto, dos, diez hasta que logran cambiar en otro lugar para poder devolverte. No importa si al resto de pasajeros les toca esperar o si se forma cola en la tienda de la esquina. La gente está acostumbrada. A veces, como contaba el otro día, prefieren hacerte un descuento porque saben que conseguir suelto no va a ser fácil. Otras te ofrecen un pago en especie a cambio de la deuda: una chocolatina, cinco caramelos… Por último, los hay que se guardan el billete con la intención de quedárselo porque no tienen cambio, aseguran. Por lo que, si no te pones firme, te cobran justo el doble de lo que habías acordado por la carrera (los taxis no llevan contador, el precio se determina de antemano). Y, de nuevo, no es que te intenten mentir. Es verdad, y si cuela, cuela. De hecho, este viernes, al negarme a ceder, el conductor salió del taxi, desapareció en la oscuridad de la noche, me hizo dudar de si por un euro y pico no debería de haberlo dejado así y cuando ya era casi presa del pánico -que antes de salir me habían inyectado las propias bamakoises por los riesgos que corría al coger un taxi sola-, lo vi regresar corriendo con dos billetes de 1.000 francos CFA. Uno para él y otro para mí.1

Sin embargo, todo parece indicar que el hecho de que en Malí el tiempo no sea oro, tal y como se entiende en España, no solo está justificado por cuestiones culturales -que yo misma aprecio, más tarde cito y que no son únicamente una cuestión de paciencia- sino que el hecho de que en Malí el tiempo no sea oro es, principalmente, consecuencia de lo mal repartido que está el mundo. La desigual distribución de la riqueza se mide en términos de esperanza de vida o en número de bienes adquiridos, pero hasta ahora no he oído hablar de ningún indicador que la mida en tiempo.

Quizá los economistas deberían de crear un índice que midiera la disponibilidad de tiempo para saber cuál es la verdadera pobreza de la gente. La de a quienes les sobra el tiempo, pero no tienen la posibilidad de medir sus decisiones en términos de coste de oportunidad, porque no pueden decidir qué hacer con su dinero.2 O, tal vez, lo que debiéramos hacer en países como España es crear un indicador para valorar nuestro tiempo, pero no según las horas que invertimos en generar más oro, sino por la vida que a cambio perdemos y que no se miden en términos monetarios, sino en otro tipo de felicidad o valores. La que acaba convirtiendo nuestro dinero en oro y el único motivo de por qué el tiempo sí se puede considerar un bien preciado en Malí.

Al contrario de lo que ocurre en los países del Norte, los malienses, trabajen o no, toman el tiempo que sea necesario para aquellas actividades que verdaderamente les satisfacen y que consideran culturalmente ineludibles, como son disfrutar de los suyos o cuidar de sus mayores.

Quizá, si llegáramos a ese punto intermedio, la riqueza estaría por fin mejor repartida. Y no excluiríamos ninguno de los elementos que abarca el amplio concepto de la riqueza.

1: En el medio rural, los billetes y las monedas circulan aún menos que en las ciudades. Por ello, muchas veces “se deja a deber al vendedor” o es el propio comerciante quien “deja a deber al cliente”. El trueque es todavía muy común.

2: No me olvido de las personas que, en otros lugares del mundo, también disponen de demasiado tiempo libre porque no tienen acceso a un puesto de trabajo, aunque lo necesiten. Tampoco de los españoles.

Djamana djana y los sonray

Como dicen en Malí, “la música sirve para contar la historia”. En esta ocasión, no voy a narrar una parte de la historia con una canción ni con dos, pero sí voy a aprovechar una coincidencia sonora para hablar brevemente sobre los sonray. Una de las etnias mayoritarias de este país.

El otro día me copiaron un montón de música local en el portátil (aquí no es ilegal) y ¿cuál fue mi sorpresa? Al darle por primera vez al play sonó una canción de Ketama: Djamana djana, cuyos título y estribillo están en sonray. Enseguida os paso el enlace y os traduzco la letra, pero antes unos apuntes.

¿De dónde proceden los sonrays? ¿Qué era de ellos hasta el siglo XV? Aunque el origen de los sonray no está claro, existe un cierto consenso en que ya hacia el siglo VIII reinaba en Kukia la primera de las dinastías de los sonrays: los Dia (Za), quienes posteriormente trasladaron su capital a Gao. Sin embargo, no fue hasta la llegada al poder de la dinastía Sonni (Sii, Chii…), y más concretamente hasta el reinado de Ali Ber (Sonni Ali) en 1464, cuando los sonrays crearon el tercer imperio, por orden cronológico, del área occidental africana. Si contamos únicamente los tres más relevantes del antiguo Sudán: Ghana, Malí y Sonray.

El empuje de Sonni Ali sería, por tanto, definitivo para el destino del reino de Gao. El último descendiente de la dinastía Sonni creó el imperio Sonray durante los 28 años que duró su regencia.

Los verdaderos cambios en la organización del Estado, no obstante, se darían tras su muerte con la llegada al poder de la tercera y última dinastía sonray: los Askya. Si bien las bases sobre las que se estructuró el nuevo imperio Sonray tendrían también una deuda con Ali Ber: la idea de haber designado gobernadores para mantener el orden en un imperio, ahora, centralizado.

Por otro lado, también es importante resaltar que el Askya, como rey soberano, seguía siendo considerado como un padre, con capacidad para ejercer el poder sagrado, y que, por tanto, debía garantizar la prosperidad de todos. Sin embargo, durante el tiempo que duró la dinastía de los Askya, los reyes no siempre se preocuparon por el beneficio de la gran familia a la que debían proteger, hasta el punto de que, en numerosas ocasiones, ni siquiera tuvieron en cuenta a la más cercana.

La economía:

Mientras que a Sonni Ali se le reconoce la construcción de diques que impulsaron el fomento de la agricultura, Sékéne Mody Cissoko afirma que el río Níger, durante el siglo XVI, proporcionó la alimentación básica del imperio, gracias a que el suelo regado por sus aguas resultaba especialmente propicio para el cultivo de cereales: mijo, sorgo, arroz (que mayoritariamente consumían los nobles) y trigo duro.

El ganado constituía una fuente de bienestar para la población del imperio Sonray, gracias a las aportaciones de carne, leche, pieles para los habitantes y, más concretamente, para las grandes metrópolis dedicadas al comercio que, a cambio, proporcionaban productos manufacturados y sal a las gentes del campo.

Finalmente, la pesca supuso el tercer pilar de la economía rural del imperio. Tanto los sorkos -fracción importante del pueblo sonray-, como los bozos, los dos o los gounas se dedicaban a esta actividad. Los peces capturados no solo servían para el auto-consumo, sino que también eran ahumados, secados y vendidos en todo el área de la curva del Níger. Eran transportados hasta los oasis del Sahara, y, probablemente, se distribuían también en el Sudán occidental llegando hasta las zonas forestales.

Mientras la región importaba bloques de sal, armas, ropas, caballos, cobre, azúcar y artesanía del norte de África, a su vez exportaba oro, marfil, especias, nueces de cola,  algodón y esclavos. Es decir, el comercio prácticamente no varió respecto a las transacciones realizadas en el imperio de Malí. Pero lo que sí que se les debe reconocer a los Sonray fue el control de los principales mercados de la región: Djenné (mayor centro comercial, que conectaba la sabana y el bosque); Tombuctú (centro espiritual y también económico); y Gao (capital política que, comercialmente, miraba hacia el Sudán central: Libia, Egipto…). Urbes, todas ellas, ligadas al río Níger, desde donde también se fletaban barcos cargados de mercancías como: camellos, bueyes y asnos.

El comercio, además, no solo se dirigía hacia el exterior, sino que los intercambios  externos se cruzaban también con los internos, especialmente en el caso de determinados productos como los cereales, el pescado seco o la artesanía.

Asimismo, el primer rey de la dinastía, Askya Mohammed, unificó el sistema de medidas y pesos en todo el imperio y nombró inspectores en los mercados más importantes. Las compras, normalmente, se realizaban mediante el trueque, pero también con el pago de cauris o de polvo de oro.1

En definitiva, el sistema económico estaba basado en la explotación de grandes estados al servicio de los nobles (mano de obra, tributos…) y en la recaudación de impuestos sobre un comercio que, aunque sirvió para enriquecer a la población urbana, apenas afectó a la producción, por lo que casi no se registraron innovaciones técnicas ni en las zonas rurales ni las ciudades. Únicamente las ligadas a la construcción de viviendas, la alimentación y al modo de vestir de los nobles.

La maquinaria administrativa del imperio estaba destinada a garantizar a Askya Mohammed los suficientes ingresos para hacer frente a una imponente estructura burocrática y a un ejército de gran magnitud.

De hecho, en materia económica, apenas merece añadirse a este apartado el reinado de Askya Daoud (1549-1582), que algunos autores han considerado “la edad de oro de la civilización nigeriana”. A él se le debe la creación de un depósito de moneda acuñada: una novedad sin precedentes en el Sudán occidental, donde ningún soberano había contado antes con este sistema de pago.

La caída del imperio Sonray:

Entre las causas que nos pueden ayudar a entender la caída del imperio Sonray se encuentran tanto factores internos como externos.

Después de que algunos de sus propios hermanos e hijos despojaran de su trono a Askya Mohammed, en 1528, por considerarlo demasiado mayor e incapacitado por su ceguera, el imperio Sonray apenas vivió momentos de relativa calma, excepto durante los reinados de Askya Isaqh I, entre 1539 y 1549, y de Askya Daoud, desde 1549 hasta 1582.

La desmesurada ambición por el poder de los familiares de Askya Mohammed y de sus descendientes provocó que no se cumpliera el modo de sucesión propuesto por el creador de la dinastía. El sucesor debía ser el mayor de los hermanos del Askya depuesto: el Kurima Fari. Sin embargo, la forma de llegar al trono estuvo cargada de asesinatos entre los miembros de la misma familia para acceder al reinado o de ascensos basados en el empuje de personajes muy inferiores en la jerarquía.

Los Askyas, islamizados y apoyados, por tanto, en una pequeña parte de la sociedad -normalmente los habitantes de la ciudades-, persiguieron su propio beneficio y se olvidaron de un pueblo que seguía practicando sus ritos tradicionales y que, alejados de las urbes, apenas percibían las ganancias de un comercio que, como indica Ferrán Iniesta, otros autores han tratado de justificar como inevitable por las exigencias de la demanda internacional.

1 Cauri: molusco cuya concha blanca y brillante servía de moneda.

Djamana djana (Ketama)

Ya yo no tengo máquina porque la he vendio y con el dinero le he comprado un vestio lleno de volantes lleva ese vestio pa’ que mi gitana no me eche en olvido Oh nebife, nebife katanie djamana djana nebife, nebife katanie djamana djana nebife, nebife katanie djamana djana nebife, nebife katanie djamana djana.. (Oh, yo te quiero, yo te quiero y te llevaré a un lugar muy lejano…) Yo no cambio tus amores y no me importa el dinero con tus besos, prendo fuego que me abrasa y me devora prisionero a todas horas de tus besos, yo me muero Oh nebife, nebife.. Ya yo no tengo máquina porque la he vendido y con el dinero le he comprado un vestido lleno de volantes lleva ese vestido para que mi gitana no me eche en olvido Oh nebife, nebife..

Nota: La versión que me han pasado es la de Ketama con Toumani Diabaté, y con letra. No la encuentro en la web pero os prometo que otro día os cuento sobre este músico maliense y sobre la kora, su instrumento. Cambe! (¡Hasta pronto!)

Historias del sotrama

“Cuando entres tienes que decir que te bajas en Voxida, pero no a los chicos, ellos siempre se olvidan. Lo gritas para que se enteren bien los otros viajeros, así no te pasarás de parada”. Fatoumata  trabaja en la Cooperativa Jamana, donde colaboro. Le acabo de preguntar si hay una forma de evitar ir hasta el grand marché (el principal mercado de la ciudad) para cambiar de sotrama (mini-bus).

Ya he subido en unos veinte sotramas desde que llegué y de cada uno de ellos podría contar, al menos, una anécdota. Los sotrama en sí ya son para describirlos.

El mini-bus es un medio de transporte muy común en toda África Subsahariana, sin embargo en cada país las características físicas son distintas. También su nombre, la comodidad, el tiempo de espera… Entre otras cosas, ello depende de la distancia que recorren y de si se encuentran en zona rural o urbana. Aquí en Bamako lo que se conoce por sotramas son furgonetas pintadas de verde, que normalmente solo conservan en buen estado la parte delantera, donde va el conductor con uno de los trabajadores y donde, en una ocasión, también me sentaron a mí: la tubab (extranjera, blanca, guiri…).

La parte trasera, en todos los casos, está compuesta por la carrocería original (de menos a más oxidada y agujereada), alguna ventana y cuatro tablones de madera sostenidos por unas estructuras de hierro que bordean el interior, de modo que las propias paredes del vehículo te sirven de respaldo. Se entra por la puerta lateral, que controla el cobrador, y hay una rueda de repuesto al fondo.

En el centro, suele haber bastante espacio. Bueno, si no lo llenan las mujeres que vuelven cargadas del mercado. Y siempre a lo ancho, por supuesto. A lo alto, como no te agaches lo suficiente, te puedes pegar un buen golpe. Me pasó el otro día. No voy a nombrar la marca de mis gafas de sol por no hacer publicidad gratuita, pero todavía no puedo creer que no se rompieran. La verdad que me alarmé. Realmente más por los gritos de la gente que por el golpe en sí. ¡Menudo susto! Uno de los chicos me ayudó a sentarme y antes de preguntarme si estaba bien me cogió la cabeza “para ver si sangraba”, me explicó. ¡Menudo doble susto! Ni imaginarlo quería. Impulsivamente eché la mano a mi cráneo y me tranquilicé: estaba entero y seco como el aire que se respira estos días. Para compensar el chichón hicieron falta unos cuantos ibuprofenos, cierto es, pero bendita suerte la mía. Y benditos compañeros de viaje. Ni uno de ellos se rió de mí. La mayoría, mediante gestos, me advirtió de que tuviera cuidado la próxima vez, podía hacerme daño. Creo que les parezco demasiado alta, y eso que aquí hay de todo…

Al día siguiente un chico se sentó a mi lado. La elección de su hueco había resultado evidente, por lo que no tardó en hablarme: “Yo te pago el billete”, afirmó. “¡Muchas gracias, pero el billete me lo pago yo!”, exclamé con la mejor de mis distantes sonrisas. Se quedó muy serio, pero no se dio por vencido.

-           “¿Por qué has rechazado mi ofrecimiento?”, insistió.

-           “¿Por qué debía aceptarlo?”, contrapregunté.

-          “Porque tengo el gusto de invitarte”, respondió con seguridad.

-          “Pues entonces no se hable más, le dije, no seré yo quién te entristezca el día”. Y me metí el dinero en el bolso.1

Camille es congolés. De la República del Congo, pero no de la República Democrática del Congo (RDC), sino de Congo-Brazzaville. Es biólogo y trabaja aquí en un laboratorio privado, donde realizan análisis de sangre. Se instaló en Bamako hace unos cinco años. Su historia me pareció interesante. No suelo dar mi número cada vez que me lo piden pero, como intenté dejarle claro, quizá algún día me viniera bien contactarle para hacer un reportaje. Esa misma tarde me llamó cuatro veces, y al día siguiente lo volvió a intentar, pero no estaba atenta al teléfono y no contesté.

Por suerte han pasado varios días y, al no devolverle la llamada, no he vuelto a saber de él. Me alegra que mis prejuicios del pasado me llevaran a equivocarme ante su primera y única insistencia. No sé. Igual hasta le llame yo algún día y sea él quien no conteste. Tampoco lo sé. Lo que sí sé es que los viajeros del sotrama, aquella tarde, estuvieron la mar de entretenidos. “¡Hay qué ver cómo son estas europeas!”, me atrevo a asegurar que pensó la mayoría. “¡Hay qué ver cómo son estos malienses!”, pensé yo cuando Camille me quiso pagar el billete… Pero no, no era maliense, sino como ya he avanzado, congolés. Y, según destacó enseguida -y para mi sorpresa-, un congolés orgulloso de ser “mucho más europeo que sus vecinos de la RDC…”.

En un sotrama pueden caber entre 20 y 25 personas, sin contar los bebes que llevan las madres sujetos en la espalda y que giran hacia delante mientras se sientan. Para el cobrador, siempre hay sitio para un pasajero más. Y lo cierto es que si se trata de una sola persona, apretándonos un poco, el cobrador acaba consiguiendo su objetivo. Ahora, qué no se le ocurra meter a más de uno cuando ya no cabe un alfiler porque la gente se rebela. Y con razón. Sobre todo, los señores mayores. En este país, el respeto a la edad vale mucho más que el dinero.

Youssouf es el propietario de una furgoneta “comprada en España con papeles y todo”, por seis millones de francos CFA (unos 9.150 euros). “Estaba nueva”, asegura. Él mismo la conduce, para eso pasó un par de años trabajando en Argelia. En la construcción. Gracias a lo que ahorró en el país vecino, ahora es su propio jefe. Dos de sus familiares trabajan con él. El negocio va bien. Al día ganan unos 45.000 francos CFA (no llega a 69 euros). Un tercio se lo guarda para posibles reparaciones, para imprevistos… El otro tercio lo gasta en gasolina. Y los últimos 15.000 CFA (33 euros) los reparte a partes iguales entre los tres trabajadores.1 Él incluido. Él y su mujer, porque también matiza que de ahí le da dinero a su esposa para que compre la comida. Mi parada se acerca y no me da tiempo a preguntarle si, además de para la alimentación, su mujer recibe lo suficiente para sus cosas o si tienen hijos. Eso sí, antes de llegar a mi parada, a Youssouf sí le da tiempo a preguntarme si puede pasarse un día a verme y hablar. Y yo con mi mejor sonrisa cercana le digo que claro, qué cuándo quiera, lo que implica que ni dirección ni teléfono.

A los malienses les encanta conversar. La mayoría se sorprende de que a mí también me guste. ¡Es extraño encontrar a una europea que hable tanto!, comentan abriendo los ojos aún más que yo. (Cuando esto ocurre me guardo para mí que los europeos también se sorprenden de que yo hable tanto. No quiero matarles la ilusión de su nuevo descubrimiento…)

No obstante, el caso de Youssouf es distinto. A pesar de que está contento en Bamako, me ha confesado que se hubiera quedado más tiempo en Argelia, de no ser porque su madre le llamaba todos los días para decirle que su esposa no paraba de llorar… “¡Hay qué ver cómo son las mujeres!”, había susurrado durante el trayecto, como si de un hombre yo me tratara. Pero no, el propietario de este sotrama no me había hablado de hombre a hombre, sino de maliense tópico a europea típica. Por ese motivo, al bajar le dije adiós sin mirarle a los ojos. Espero que no los tuviera tan abiertos como la gente con la que me detengo a charlar largo y tendido.

Cuanto más conozco este país, este continente, más confirmo que los clichés existen para todos. No solo en el imaginario de los occidentales, sino en la cabeza de cualquier ser humano. Nos hayamos dado más o menos golpes… Seamos más o menos altos o despistados… Lo que no sé si podré descubrir algún día es cuánto hay de verdad en todo lo que asumimos como cierto. Ni siquiera si seré capaz de aproximarme.

 

1: Un billete del centro a mi casa cuesta 125 francos CFA (unos 19 céntimos de euro). Si no hay tráfico se recorren unos cuatro kilómetros en unos 20 minutos. El cobrador te pide el dinero bien cuando el sotrama se llena, bien cuando atravesamos el puente sobre el Níger, bien cuando se acerca la parada. Desde que he llegado a Bamako, nadie me ha intentando cobrar de más por ser tubab. Al contrario, una vez un cobrador me perdonó 25 CFA porque no tenía cambio.

2: Según los datos del Banco Mundial de 2006, más del 51% de la población maliense vive con menos de 1,25 dólares al día.

Bamako no se detiene

Son las siete de la mañana. Mi vecino me acerca a la redacción del periódico Les Echos en mi primer día de “prácticas”. No es que se haya ofrecido a hacerme el favor -qué también- sino que, como este mundo es siempre más pequeño de lo que pensamos, mi vecino trabaja en el departamento de administración del diario donde hoy comienzo a colaborar. El primero del país tras L’Essor: el oficial.

Me toca madrugar igualmente, pero menudo cambio. Si pretendes coger un mini-bus pasadas las siete: ¡olvídate! Todos van llenos y debes esperar un buen rato al borde de la carretera hasta que, por fin, te dejan subir. Para entonces, encontrarte en mitad de un embotellamiento es ya un hecho inevitable, y llegar tarde también.

Los malienses no trabajan nada. Claro qué no. Por eso, Bamako bulle desde las seis de la mañana. Cuando la oscuridad todavía oculta a su población. Es más, a las 4:00 de la madrugada el muecín ya está llamando a la oración y la capital de Malí comienza a movilizarse.

De camino al centro de la ciudad, desde el coche de mi vecino observo a muchos de los que llevan horas en pie. Contemplo a quienes me habrían quitado la plaza en cualquiera de los mini-buses verdes (sotrama) que se amontonan en fila india. La mayoría son mujeres que también me miran. Nos miran. Me asombran los motoristas que convierten los dos carriles en ocho. ¡Bamako está invadida por scooters! Las famosas Jakarta.

En el puente del Rey Fahd también se ven chicos en bicicleta que, cargados con todo tipo de artículos para vender en el mercado, pedalean a toda prisa. Es la postal que más me gusta. La de uno de los tres puentes que cuelgan sobre el río Níger. Sobre el Djoliba, como lo llaman en bambara. La de la vida del presente que no espera. La de los malienses que, como las aguas que les bañan, no se detienen. Cubra el polvo el sol naciente o amanezca despejado.

En la redacción, nadie se sorprende al verme. Algunos me conocieron ayer durante la entrevista, los menos. Mi misión: acompañar al nuevo redactor en su jakarta. Se presenta el Programa de Apoyo Conjunto de las Naciones Unidas para la Promoción de los Derechos Humanos en Malí (2012-16), en el hotel L’Amitié (un símbolo de la ciudad, que compraron los libios). Entre los conferenciantes se halla el ministro de Justicia maliense, Maharafa Traoré, y el coordinador residente del Sistema de las Naciones Unidas, Makan Kane. La Constitución maliense de 1992 reconoce y garantiza los Derechos Humanos fundamentales.

No obstante, este programa se cerró antes de la complicada situación que se vive en el Norte y hoy han optado por no hablar de los desplazados, de los refugiados… El presupuesto del nuevo plan para este año asciende a 650.000 dólares y participan, además del gobierno maliense y de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres (ONU-Mujeres), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). No ha habido rueda de prensa. Casi que lo celebro. Yo no debo preguntar todavía y mi compañero tampoco tenía la intención de hacerlo. En Les Echos se publican opiniones comprometedoras, pero hay lugares en los que la información que te dan es la que saldrá en el diario del día siguiente. Este era uno de ellos. Tras el café, hemos esperado a que todos se marcharan para que los reporteros recibieran “su sobre”, pero sin sobre. El espacio de esta noticia ha ascendido a 10.000 francos CFA (unos 15 euros). Todos para el periodista. Me cuentan que, dependiendo del organizador, te pagan más o menos. Lo que me extraña es que ni siquiera me extraña. En estos periódicos apenas hay publicidad y en España, en cierto modo como aquí, también quien paga manda. Quizá por ello, el último informe de Reporteros sin Fronteras haya situado a ambos países en el nivel dos del ranking de la libertad de prensa. Igual que a Estados Unidos o a Francia.

Mientras reflexiono sobre esto en el porche de mi casa, en Bamako anochece. Levanto la vista y, a través de la puerta entreabierta, veo pasar a un chico sentado en un carro, que va cargado de paja hasta arriba. El asno trota. Los niños juegan en la calle. Se divierten.

Mañana será otro día. Tal vez algo me sorprenda más que lo vivido hoy, pero tampoco creo que vaya a estar relacionado con el modo en el que los malienses se desenvuelven. En Malí, el presente no se detiene, no. En Malí, el futuro de sus hijos también les preocupa.

El bautizo del niño Mateo

El niño Mateo. Así es como llama mi amigo Luis a su pequeño. No sé si está bautizado. Nunca se lo he preguntado, la verdad, pero yo diría que no lo está. Hasta ahora tampoco me lo había planteado. Es curioso, hace 15 años que nos conocimos en Valencia y no recuerdo haber hablado de nuestras creencias… Solo sé que estuvo en Togo para rodar un documental precioso, Las luces de Defalé, y que quedó impresionado por el trabajo que desarrollaban allí las hermanas de una congregación católica.

El sábado 11 de febrero, apenas horas después de aterrizar en Bamako, fui invitada al bautizo de un niño Mateo maliense. Bueno, en este caso, Matthieu, su equivalente en francés -lengua oficial de este país subsahariano-.

Aquí la confesión religiosa, por lo general, tampoco importa. Me atrevería a decir que incluso menos que allí. En la casa del tío mayor del niño Matthieu se congregaron cientos de personas: cristianos católicos y cristianos protestantes, musulmanes, animistas… Familiares, amigos y vecinos del barrio acudieron a compartir la alegría de los padres y padrinos del recién nacido.

Las mujeres se concentraron en el patio. Los hombres se sentaron fuera, junto con los niños y algunas jóvenes que se animaron a bailar al contagioso ritmo del tamtan. Dentro, en el salón, el tío mayor del pequeño -jefe de familia, después de que su padre y el mayor de sus hermanos fallecieran- se encargaba de recibir a los más cercanos y de guardar un sitio para los que, como yo, veníamos de más lejos. Dentro y fuera, la maman -la esposa del jefe de familia, a pesar de que Matthieu tiene abuela materna- controlaba que hubiera comida y bebida para todos: carne guisada con patatas fritas, acompañada de pan y refrescos. La madre y la madrina estaban radiantes. También el padre y el padrino mostraban su elegancia.

En un momento dado, unos jóvenes trajeron unas bolsas enormes repletas de regalos. Sobre todo, de telas y jabones. Los paños son de distintas texturas y precios, pero la costumbre dice que no se debe regalar menos de tres piezas del mismo estampado. Las tres que se precisan para coser un conjunto de falda, camisa y fular, con el que las mujeres hacen maravillas al cubrir sus cabezas. Quienes tienen menos dinero compran jabón “Lagarto”: una, dos, tres unidades… Dependiendo de sus posibilidades. “Una pastilla puede costar 1.000 francos CFA”, me comenta el jefe de familia mientras añade: “Suelen ser las mujeres mayores las que lo regalan y aún así ya hacen un gran esfuerzo”. (Un euro se cambia por unos 655 francos de la Comunidad Financiera Africana, CFA.) Los hombres que acuden solos prefieren dar dinero. Les aburre ir de tiendas. Pero los francos CFA también empiezan a ser regalados por mujeres que consideran que unas telas, aunque sean buenas, no son suficiente.

Los griots (portadores de la tradición oral africana), presentes en todos los acontecimientos sociales de Malí, cantan y recitan sin, en principio, pedir nada a cambio. Una de las griots, la más atrevida, entró en el salón y le dedicó unas palabras al jefe de familia. Tenía una voz preciosa.

Durante la semana, familiares, amigos y vecinos seguirán desfilando por la casa para dar la enhorabuena y ofrecer sus presentes. Yo debería de acercarme uno de estos días. Con un aviso de menos de dos horas para arreglarme y todavía sin francos CFA en mi haber, no tuve tiempo de llevar nada, así que lo mejor será solucionarlo pronto. Si no, el peso de una nueva tarea pendiente recaerá sobre mi conciencia. Ya son varios los regalos que debo en España y no por ello he desistido de cumplir con la tradición algún día.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d bloggers like this: