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¿Al servicio de quién?

Es una vergüenza cómo la mayor parte de la prensa internacional trata a Malí y a los malienses, personas en su mayoría dialogantes y pacíficas. Tras el acuerdo de transición alcanzado el domingo, Malí vuelve a los medios de comunicación porque se puede volver a hablar de violencia. En este caso, de actos violentos por parte de una minoría que se manifestó contra la decisión tomada. Por reprobables y denunciables que sean, sin duda, este tipo de actos, profesionalmente agota que nunca haya espacio o tiempo suficiente para compensarlos o para, al menos, intentar analizarlos…

Así que, como nos pidió ayer el primer ministro de Malí, Cheick Modibo Diarra, el primer avergonzado por el comportamiento violento de algunos de sus compatriotas, asumamos -compañeros periodistas- nuestra responsabilidad por las consecuencias que tiene nuestro trabajo en la imagen de todo un país…

Ni la actualidad ni la ignorancia nos eximen ya…

Nota a los lectores habituales de este blog: Disculpad mi ausencia durante las últimas semanas. Motivos personales me han impedido estar aquí. Superados, retomo la información sobre Malí -durante un par de semanas para un medio al que solo se accede por suscripción, de ahí que hoy no pueda contaros más- y me comprometo a volver a escribir en breve sobre ese otro África Subsahariana, por el que se creó este blog.

Deportado cuando iba a realizar su trabajo

Tomo uno de los últimos ejemplares de Les Echos para corroborar un dato y reparo en el lema que aparece en la portada: « Je ne suis pas d’accord avec ce que vous dites, mais je me battrai jusqu’au bout pour que vous puissiez le dire. » (Yo no estoy de acuerdo con lo que dice pero pelearé hasta el final para que lo pueda decir.) La frase es de Voltaire, pensador francés de la Ilustración, de la razón.

Ayer, sábado 17 de marzo, el diario cumplía 23 años de vida. Es decir, en 1989 los miembros de la cooperativa Jamana, que entre otras editan esta publicación, lanzaban su primer número con la cita de un europeo que todavía gobierna su cabecera.

Pero ayer no fue para mí un día de celebraciones. Ayer uno de mis compañeros me contó cómo había tenido que regresar a Malí, sin poder realizar el trabajo que había ido a desarrollar a Francia. La policía del aeropuerto de Orly, en París, había decidido deportarle.

Sidiki Doumbia, invitado por una ONG francesa, había viajado el martes pasado desde Bamako hasta el país galo con la intención de cubrir los últimos días del Foro Mundial del Agua (WWC, en sus siglas en inglés), que se ha celebrado esta semana en Marsella. Desde aquí, incluso habíamos concertado una entrevista con el presidente del WWC, Loïc Fauchon, gracias a que casualmente él había colaborado conmigo en una ocasión. Por su parte, el consulado francés había expedido el visado de trabajo de Sidiki, sin problemas. Todo estaba en regla. Todo previsto.

En el área de llegadas de Orly, le esperaba impaciente su tío. Desde que él y su mujer se habían instalado en Francia, hará unos 15 años, todavía no habían recibido la visita de ningún familiar. La maleta de Sidiki iba cargada de regalos que su madre había preparado para su tía. De haber ido todo como debía, la misma maleta -o tal vez otra- habría vuelto repleta de regalos que la tía seguramente habría preparado para la madre, para todos.

Pero Sidiki no llegó a pasar la frontera. No pudo ejercer su trabajo. No pudo abrazar a sus tíos. “Los papeles están correctos”, afirmaron los policías, “pero con el dinero que llevas encima no puedes sobrevivir tanto tiempo”. “La ONG se va a encargar de todo y afuera me espera mi tío, con quien tengo previsto pasar los últimos días”, les explicó Sidiki. “No necesito más que lo que traigo”, precisó. “No obstante, si es una cuestión de dinero, dejen que pase mi tío y él traerá la cantidad que estimen conveniente”.

Se negaron. El tío tampoco podía cruzar la frontera a la inversa. Se negaron. Las gestiones diplomáticas que, entre tanto, se estaban realizando en Bamako, tampoco eran suficientes. Los policías de Orly barajaban solamente dos opciones: que el presidente de la República de Malí, Amadou Toumani Touré (ATT), se ocupara directamente del asunto o que se comprara otro billete de avión, se marchara a Malí a por el dinero y regresara después a París. Así podría entrar tranquilamente.

Sidiki no entendía nada. Llegó a pensar que eran los franceses quienes no entendían nada. “¡Cómo si el jefe de Estado de mi país no tuviera otros problemas más importantes que resolver que este!”, les contestó desde el estado de impotencia en el que se encuentran las personas que viven una situación tan surreal, que solo pueden llegar a asimilar cuando la pesadilla ha terminado.

“Ni aunque me pagaran por quedarme, querría vivir aquí”, me contó que les había intentado explicar. “¡Qué se queden con su país!”, exclamó con una medio sonrisa mientras miraba al infinito al terminar de narrarme lo ocurrido. “En fin, lo tomaré como parte del aprendizaje de la vida”, concluyó. “Me ha dolido, pero no deja de ser una enseñanza más…”.

Yo le miré perpleja. Era la primera vez que Sidiki viajaba a Europa. Había dormido muy poco estos días para poder prepararse bien. Le apasionan los temas relacionados con la agricultura. Además, sus tíos no tienen hijos y se habían emocionado al pensar que disfrutarían, aunque tan solo fuera durante dos días, de su pequeño… 1 Sin embargo, pese a que habían matado su ilusión y la de sus tíos, Sidiki todavía tenía fuerzas para quedarse con el valor de la experiencia…

Nunca hasta hoy me había fijado en el lema de Les Echos. Tan global. Tan para todos los que creemos en la libertad de expresión. En los derechos humanos.

Muchas veces, antes de hoy, me he preguntado si alguna vez ha reinado la luz en Occidente. Muchas veces, antes de hoy, me he planteado si el punto en el que nos encontramos actualmente debería de pasar a la historia como el de la sinrazón. Si ya sufrimos sus consecuencias… Si seremos capaces de aprender de la experiencia…

1: Así es en Malí la familia. Tu primo mayor no es tu primo, es tu hermano mayor. Igual que tu prima mayor no es tu prima sino tu hermana mayor. Lo mismo sucede con los pequeños. Hoy, por primera vez en mi vida, me he parado a pensar en la importancia que siempre se ha dado en mi casa al concepto de primo hermano… Y en cómo tanto significante como significado se desvanecen en España…

2: A principios de 2009, vivían en Francia unos 120.000 malienses. En ese momento, y por cuarta vez, el presidente de Malí, Amadou Toumani Touré (ATT), se negó a firmar un acuerdo bilateral con el gobierno de Nicolás Sarkozy que, principalmente, determinaba que Francia concedería anualmente 1.500 permisos de residencia y de trabajo a ciudadanos malienses, a cambio de poder expulsar del país a unos 30.000 malienses sin papeles, a lo largo de ese año.

La nueva política defendida por el ministro de Inmigración francés, Brice Hortefeux, como “la gestión concertada de flujos migratorios y de desarrollo solidario”, no se había dirigido únicamente a este país de África. Para entonces otros países como Senegal, Gabón, Benín, Congo, Túnez, Islas Mauricio o Cabo Verde ya habían cerrado sus respectivos acuerdos.

La presión de la diáspora maliense en Francia y el volumen de remesas que envían los malienses a su país se consideraron dos de los motivos principales de la no cesión de Malí ante la insistencia francesa.

Según datos consultados, las remesas de los malienses que viven en el exterior superaron el 25% de los ingresos presupuestarios en 2009.

Bamako no se detiene

Son las siete de la mañana. Mi vecino me acerca a la redacción del periódico Les Echos en mi primer día de “prácticas”. No es que se haya ofrecido a hacerme el favor -qué también- sino que, como este mundo es siempre más pequeño de lo que pensamos, mi vecino trabaja en el departamento de administración del diario donde hoy comienzo a colaborar. El primero del país tras L’Essor: el oficial.

Me toca madrugar igualmente, pero menudo cambio. Si pretendes coger un mini-bus pasadas las siete: ¡olvídate! Todos van llenos y debes esperar un buen rato al borde de la carretera hasta que, por fin, te dejan subir. Para entonces, encontrarte en mitad de un embotellamiento es ya un hecho inevitable, y llegar tarde también.

Los malienses no trabajan nada. Claro qué no. Por eso, Bamako bulle desde las seis de la mañana. Cuando la oscuridad todavía oculta a su población. Es más, a las 4:00 de la madrugada el muecín ya está llamando a la oración y la capital de Malí comienza a movilizarse.

De camino al centro de la ciudad, desde el coche de mi vecino observo a muchos de los que llevan horas en pie. Contemplo a quienes me habrían quitado la plaza en cualquiera de los mini-buses verdes (sotrama) que se amontonan en fila india. La mayoría son mujeres que también me miran. Nos miran. Me asombran los motoristas que convierten los dos carriles en ocho. ¡Bamako está invadida por scooters! Las famosas Jakarta.

En el puente del Rey Fahd también se ven chicos en bicicleta que, cargados con todo tipo de artículos para vender en el mercado, pedalean a toda prisa. Es la postal que más me gusta. La de uno de los tres puentes que cuelgan sobre el río Níger. Sobre el Djoliba, como lo llaman en bambara. La de la vida del presente que no espera. La de los malienses que, como las aguas que les bañan, no se detienen. Cubra el polvo el sol naciente o amanezca despejado.

En la redacción, nadie se sorprende al verme. Algunos me conocieron ayer durante la entrevista, los menos. Mi misión: acompañar al nuevo redactor en su jakarta. Se presenta el Programa de Apoyo Conjunto de las Naciones Unidas para la Promoción de los Derechos Humanos en Malí (2012-16), en el hotel L’Amitié (un símbolo de la ciudad, que compraron los libios). Entre los conferenciantes se halla el ministro de Justicia maliense, Maharafa Traoré, y el coordinador residente del Sistema de las Naciones Unidas, Makan Kane. La Constitución maliense de 1992 reconoce y garantiza los Derechos Humanos fundamentales.

No obstante, este programa se cerró antes de la complicada situación que se vive en el Norte y hoy han optado por no hablar de los desplazados, de los refugiados… El presupuesto del nuevo plan para este año asciende a 650.000 dólares y participan, además del gobierno maliense y de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres (ONU-Mujeres), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). No ha habido rueda de prensa. Casi que lo celebro. Yo no debo preguntar todavía y mi compañero tampoco tenía la intención de hacerlo. En Les Echos se publican opiniones comprometedoras, pero hay lugares en los que la información que te dan es la que saldrá en el diario del día siguiente. Este era uno de ellos. Tras el café, hemos esperado a que todos se marcharan para que los reporteros recibieran “su sobre”, pero sin sobre. El espacio de esta noticia ha ascendido a 10.000 francos CFA (unos 15 euros). Todos para el periodista. Me cuentan que, dependiendo del organizador, te pagan más o menos. Lo que me extraña es que ni siquiera me extraña. En estos periódicos apenas hay publicidad y en España, en cierto modo como aquí, también quien paga manda. Quizá por ello, el último informe de Reporteros sin Fronteras haya situado a ambos países en el nivel dos del ranking de la libertad de prensa. Igual que a Estados Unidos o a Francia.

Mientras reflexiono sobre esto en el porche de mi casa, en Bamako anochece. Levanto la vista y, a través de la puerta entreabierta, veo pasar a un chico sentado en un carro, que va cargado de paja hasta arriba. El asno trota. Los niños juegan en la calle. Se divierten.

Mañana será otro día. Tal vez algo me sorprenda más que lo vivido hoy, pero tampoco creo que vaya a estar relacionado con el modo en el que los malienses se desenvuelven. En Malí, el presente no se detiene, no. En Malí, el futuro de sus hijos también les preocupa.

Periodista inmigrante, en Malí

Este blog pretende ser la ventana al mundo hispanohablante de una periodista que, después de estudiar África Subsahariana desde hace años, apuesta por trasladarse al subcontinente africano no como se había desplazado en anteriores ocasiones (cooperante, turista, investigadora, consultora), sino como informadora de lo que allí ocurra. Sobre todo, de las noticias que no le publicarán los medios de comunicación en su calidad de freelance y de los hechos ”no noticiables” que algo, poco o nada tendrán que ver con las imágenes que se suele tener de la región. Eso sí, siempre consciente de que su visión, en mayor o menor medida, estará inevitablemente tintada por el origen de su nacimiento y por su proceso de aprendizaje en tierras occidentales.

A dos días de su marcha, con el único amparo profesional de su carné de prensa internacional y con un visado de trabajo expedido por la recién inaugurada embajada maliense en España, la autora vuelve a Malí, por cuarta vez desde el año 2000, con la intención de quedarse seis meses. Allí la esperan antiguos amigos malienses e inmigrantes que, como ella, y por distintos motivos, también han optado por instalarse en este país subsahariano. Pero, principalmente, la esperan quienes confía pasarán a formar parte de sus seres más queridos: una familia maliense que ha tenido a bien acogerla en su casa de Bamako, la capital de Malí, durante su estancia en el país.

Este blog también será el reflejo del apoyo incondicional de los padres, herman@s, sobrin@s, amig@s, profesores y compañer@s de profesión de la autora que, a lo largo de su vida, han respaldado las decisiones que esta ha decidido tomar para forjar su trayectoria personal y profesional hasta hoy.

Además, estas páginas son el resultado de la incansable insistencia de una persona excelente que, finalmente, ha logrado convencer a la autora de que Internet, la misma herramienta amiga y enemiga del periodismo actual, no deja de ser un instrumento prodigioso para intentar conseguir la ardua tarea de comunicar.

Gracias, por tanto, a él y a su equipo, por impulsarme a lanzar este blog.

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