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Manzanas que alimentan: el ejemplo de Mauricio

Releo mis escritos del pasado y no sé si alegrarme o entristecerme por no tener entre mis manos textos que no se pudieron recuperar de un par de discos duros, que un día dijeron basta, o de algunos viejos cuadernos, cuyo color aún recuerdo pero nadie sabe a dónde fueron a parar durante mi peregrinaje. Entre los relatos, poemas, artículos de opinión, que todavía conservo en una carpeta roja, hay de todo: de los que me atrevería a compartir, de los que había hecho bien en olvidar y de los que le sorprenden a una por sentirlos tan ajenos que llega a dudar de su autoría (los considere mejores o peores). Pero, definitivamente, lo que más me alegra de los que puedo volver a leer es descubrir la evolución de mis pensamientos. La huella que va dejando en mí lo vivido, lo leído, lo escuchado…

Hará hoy unos 15 años, un profesor de Redacción de Periodismo me pidió una opinión escrita sobre el libro: El Mundo Digital de Nicholas Negroponte, quien defendía la tecnología digital como una posible fuerza natural para propiciar un mundo más armónico.[1] Negroponte sostenía que los niños “digitales” estaban libres de limitaciones tales como la situación geográfica como condición para la amistad, la colaboración, el juego o la comunidad y yo, indignada, le replicaba que, aunque a los niños de Senegal les regalasen 10 o 100 apples seguirían “sin tener manzanas que comer”.

Mi, por entonces, imagen de África Subsahariana repleta de niños y niñas hambrientos, mi mentalidad asistencialista y mi falta de información sobre los porqués de las desigualdades en el mundo -junto con otras ideas, que también hoy corregiría- me valieron una de las contadas matrículas de honor de mi vida. Concretamente, en aquella ocasión, me crecí ante un Negroponte, que ya percibía la necesidad de superar la nueva brecha tecnológica, cegada por el miedo a la globalización y despreocupada por ahondar en los motivos de un subcontinente rico en recursos, que estaba “perdiendo una década” a golpe de planes de ajuste estructural (PAE) externos. Por eso, cuando releo aquella bravuconada, me sonrojo con la esperanza de haber aprendido algo, en todo este tiempo…

Por mucho que me duela que el hambre en la región sea uno de los pocos temas sobre África Subsahariana que ocupe nuestras portadas, su necesaria denuncia no puede ser objeto de discusión. Ahora bien, y por ello mismo, el perjuicio de negar u ocultar el importante desequilibrio económico que reflejan determinados índices tecnológicos tampoco debería serlo.

De las estadísticas sobre la utilización de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en las empresas, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), lo primero que llama la atención es que de los 71 países de los que se ofrecen datos registrados en 2008, solo tres pertenecen al subcontinente africano: Lesotho, Mauricio y Senegal. Cuando el número de países que compone África Subsahariana es prácticamente un cuarto del total de países del mundo.

Además, si comparamos el porcentaje de empresas que usan ordenadores o utilizan Internet en Mauricio y Senegal, la diferencia no es muy elevada con respecto a Francia, por poner de ejemplo uno de los países más industrializados del mundo. Sin embargo, si nos fijamos en Lesotho o en la presencia de las compañías de unos y otros países en la web, las cosas cambian. Los porcentajes de Mauricio y Senegal se reducen notablemente frente al del país galo. (Pinchar gráfico)

Pero, ¿por qué Mauricio y Senegal mantienen algunos indicadores TIC en niveles cercanos a los de Francia?

Una de las explicaciones la podríamos encontrar en el Índice AT Kearney, que analiza  y clasifica los 50 mejores destinos para la externalización de actividades. Según la consultora, en 2009, cuatro países de África Subsahariana destacaban a nivel mundial: Ghana, en la posición 15, Mauricio y Senegal (25 y 26, respectivamente) y Suráfrica (39).

En el caso de Mauricio, AT Kearney resalta que, a pesar de ser el país con menor mano de obra, la elevada formación de los trabajadores y un clima de negocios favorable le proporcionan un lugar privilegiado en el índice. No en vano, el gobierno de Mauricio ha promovido el desarrollo del parque tecnológico CyberTower que, entre otras firmas, acoge a la empresa de recursos humanos Ceridian; generadora de cientos de empleos.

Y, ¿qué lugar ocupa Mauricio en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)? En 2011, el país del sureste africano se encontraba el número 77 de 187 países; en el grupo de desarrollo humano alto.[2]

Mauricio, como todos los países africanos, tiene sus particularidades (territorio insular, población de en torno a un millón de personas, frente a los 160 millones de Nigeria), pero en lo que coinciden economistas de unas y otras corrientes -pro y anti PAE, por ejemplo- es que, dentro de la región, Mauricio es un ejemplo de éxito en materia de desarrollo económico.

Como señala el profesor de la School of Oriental and African Studies de Londres, Carlos Oya, el “milagro” mauriciano se burló de la predicción del Premio Nobel de Economía, James Meade, quien “llegó a afirmar que Mauricio apenas tenía esperanzas de desarrollo en el futuro, dadas las condiciones iniciales a finales de los 50: dependencia de un producto agrícola (azúcar); vulnerabilidad ante shocks en términos de intercambio; aislamiento geográfico; presión demográfica; tensiones interétnicas entre Indios y Criollos”.[3]

Por ello, ver publicada en una de las redes sociales la foto que cuelgo junto a esta entrada, recordar la ineficiencia que me ha generado trabajar con recursos tecnológicos muy limitados, en otros países de África Subsahariana, o la licencia literaria que me permití el otro día en este blog, sobre la innecesaria venta online “en mi barrio de Kalabankoura”, me han llevado a compartir esta reflexión. Cargada de afro-optimismo ante la esperanza de que las TIC aterricen con mayor fuerza en la región, para disminuir la brecha tecnológica que, por lo general, nos separa y contribuir a que la “mundialización” sea, por fin, más “redistributiva”.[4]


[1] NEGROPONTE, Nicholas (1996): El mundo digital, Ediciones B, Barcelona.

[2] Como todos los años desde 1990 Informe sobre Desarrollo Humano ha publicado el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que fue presentado como una alternativa a las mediciones convencionales del desarrollo nacional, como el nivel de ingresos y la tasa de crecimiento económico. El IDH representa el impulso de una definición más amplia del bienestar y ofrece una medida compuesta de tres dimensiones básicas del desarrollo humano: salud, educación e ingresos. El IDH de Mauricio es 0.728, lo que coloca al país en la posición 77 de los 187 países para los que se disponen datos comparables. El IDH de África Subsahariana (OR) como región ha pasado del 0.365 de 1980 al 0.463 de la actualidad, por lo que Mauricio se sitúa por encima de la media regional.

[3] OYA, Carlos, y SANTAMARÍA, Antonio (eds.) (2007): Economía Política del Desarrollo en África, Madrid, Akal.

[4] Sobre la expansión de las redes móviles en África Subsahariana o sobre el impacto de las redes sociales intentaré escribir en otra ocasión. Sobre las muertes que genera el coltán y el consumo de productos tecnológicos, especialmente. Sobre la utilización del logo apple y no de otros símbolos o marcas de la competencia: afirmar que en su día no fue más que un recurso, y que también lo es ahora. De hecho, desconozco el sistema operativo más utilizado en Mauricio.

Malí celebra el tercer puesto en la Copa África de Naciones, mientras mira al Norte

Nadie o casi nadie apostaba por ellos, pero Malí logró ayer el tercer puesto de la Copa Africana de Naciones 2012, tras batir a Ghana por dos goles a cero. Un doblete de Cheick Diabaté, el delantero centro de los Girondins de Burdeos, dio la victoria a las Águilas, que consiguieron así su mejor resultado en esta competición desde que Malí accediera a la final en 1972. Hace 40 años.

Numerosos y, también, numerosas habitantes de Bamako, la capital, que siguieron el partido en torno a la televisión de las tiendas más cercanas -o desde sus casas- esperaban ansiosos la victoria después del segundo gol de su selección. Por eso, cuando el árbitro pitó el final, la celebración no se hizo esperar. Voces de todas las edades gritaban en bambara, la lengua más hablada en el país: “Mali ye bu do, Mali ye bu do… (Ha ganado Malí, ha ganado Malí…)”.

Sin embargo, lo que diferencia este campeonato, celebrado en Gabón y Guinea Ecuatorial, del que tuvo lugar en Angola hace dos años, no solo es el anfitrión o la clasificación de la selección maliense, sino la repercusión que han tenido ambos en la prensa mundial y, demostradamente, en la española.

A principios de 2010, días antes del comienzo de la Copa África de Naciones y durante los meses previos a la celebración del Mundial de Fútbol de Suráfrica, desde la sección de deportes de, prácticamente, todos los medios se dudó de la capacidad de cualquier país africano para llevar a cabo con éxito un acontecimiento de tales dimensiones. La selección de Togo acababa de sufrir un ataque en la región angolana de Cabinda.

Se cubrió la noticia y se contó que el Frente de Liberación del Enclave de Cabinda (FLEC) había reivindicado el atentado, pero las causas apenas se intentaron descifrar. Cabinda, fronterizo con la República Democrática del Congo y la República del Congo pero sin territorio colindante con la República de Angola a la que pertenece, es un enclave estratégico. En aquel momento, el petróleo extraído en Cabinda representaba en torno al 70% de las exportaciones de crudo del país.

No obstante, una vez superados los temores, la Copa África de Naciones 2010 se jugó sin mayores incidentes en Angola, en Suráfrica todo fue bien, los africanos se sintieron orgullosos de ello, España se proclamó campeón del mundo de fútbol, los españoles lo celebraron a lo grande y Cabinda aún quedó más en el olvido de periodistas y lectores.

Esta vez algunos medios han hablado del partido disputado entre Ghana y Malí (jugaba el barcelonista Keita), sin embargo también serán contados los que dediquen el espacio necesario a los problemas que están sufriendo los malienses, desde hace semanas, tras los nuevos y continuados ataques de los rebeldes tuaregs en el norte del país. La situación es, asimismo, demasiado compleja para analizarla en este artículo y, además, tal vez incluso sea prematuro hacerlo en el corto plazo, pero ojalá la alegría de los bamakoises pueda perdurar en el tiempo, si pronto se restablece la paz como la mayor parte de los malienses desean.

Ayer mismo también se anunció que Canadá y Estados Unidos han firmado un acuerdo con el ministerio de Defensa maliense para reforzar los efectivos del ejército de Malí y para mejorar la ayuda humanitaria en la zona del conflicto. Juzgar los motivos de esta nueva alianza,  más allá de los comunicados, entra dentro del análisis que se prefiere dejar para el futuro. Lo que sí se considera conveniente adelantar, puesto que muchos lectores todavía lo desconocen, es que, junto a otras múltiples variables que dificultan el estudio de lo que está sucediendo en Malí, la teoría de la “maldición de los recursos” podría cobrar fuerza, una vez más, en África.

Desde hace ya tiempo, la propia Agencia de la Promoción de las Inversiones (API) maliense reconoce en su web que la prospección de hidrocarburos se desarrolla en dos regiones del norte de Malí: Taoudénit (Tombouctou) y en Gao. De ello se ocupan cinco sociedades (Baraka Venture, Mali Petroleum, Mali Oil, Markmore y Energetic). Veintitrés bloques sobre un total de las 27 “han sido adjudicados”, destaca API.

Tombouctou, Gao y Kidal son las tres regiones que conforman el norte del país.

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